El Cuerpo que Somos

1/26/2018

 

 

Me pregunto a qué horas las personas llegamos a creer que la delgadez es sinónimo de ser felices, no sufrir por la comida, tener posibilidad de pareja siempre, ser aceptadas por completo, símbolo de tener fuerza de voluntad, tener control, etc. En fin, de una vida mejor. No perfecta, pero con seguridad mejor a la que ya tenemos.

 

La doble decepción –digo doble porque ya hay una por el tipo de cuerpo que tenemos- comienza cuando somos delgadas y…. ¡sorpresa! Nos sentimos infelices. Solas. Rechazadas. Asustadas. Descontroladas con la comida. Sufrimos. Y viene con todo esto un entendimiento que no requiere de ser intelectualmente brillantes: la forma del cuerpo no necesariamente nos hace felices. Ni nos da una vida mucho mejor. En otras palabras, es como si el amor por nuestro cuerpo no dependiera de nuestra talla. El desprecio por uno mismo sobrevive.

 

 

Tengo amigas con un cuerpo –diría yo- envidiable, perfecto, que cuando se refieren a ellas mismas usan expresiones como: gas esta panza, qué asco, doy pena, parezco una marrana, “fo” estos muslos, qué vergüenza mostrar estos brazos tan flácidos, y mucho más. Sí. Duele.

 

 

En El Cuerpo que Somos cada día escuchamos a muchas personas, especialmente mujeres, hablar acerca del dolor que su imagen corporal les produce, la vergüenza que les da su propio cuerpo y la anhelada fantasía de una talla que por fin llegue, para poder ser felices, estar mejor, tener novio, sanar.

 

 

Queridas, creo que eso no llega. Ni pasa ni nos sucede. No sé ni siquiera si exista. Hablaríamos del elixir de la vida, la piedra filosofal, la solución a todo. Si nadie la ha encontrado, ¿cómo es que llegamos a creer que está en la talla, la forma de nuestros ojos, los músculos tonificados?

 

Para mí, todo lo anterior sólo refleja el grito universal de súplica de amor. Un ruego por la aceptación social, la compañía de una persona amada, el encajar en una sociedad, la garantía de ser queridos, el miedo a la soledad, las heridas profundas de la infancia, la vergüenza que dejaron las burlas escolares, el deseo de control y perfeccionismo, las ganas de ser exitosos.

 

Es un suspiro de tristeza al recordar el rechazo de aquél novio mientras estábamos en la cama, la presión de nuestros padres para ser bonitas o bajar de peso, el primer día en que un extraño nos midió la cintura y nos dijo lo rellenitas que estábamos, el apodo en el colegio de “la gordita”, las películas donde la flaca triunfa y la gorda fracasa y la culpa por comernos esa torta de chocolate delante de  las tías que no paraban de hablar de nuestra alimentación.

 

 

Muchos de nuestros familiares y amigos realmente lo hacen porque nos quieren. Es como si nos dijeran: quisiera que todos en este mundo te acepten, por eso no comas tanto. Ten cuidado al salir al mundo, es cruel con las mujeres. Yo te amo así, pero no sé si todos lo van a hacer. Y finalmente todos nos sumamos a este dictamen cultural: la talla te garantiza aceptación, amor, éxito, felicidad. Quizás así fue como poco a poco lo fuimos aprendiendo.

 

 

No hay un sólo camino para salir de esto. Pero seguro sí conocemos el camino que hay que seguir para mantenernos ahí. Mi camino y el de El Cuerpo que Somos, se ha dirigido entonces a trabajar más el miedo al rechazo, a entender qué nos asusta de la soledad, saldar pendientes con esa mamá que nos hiere aunque nos ame, afrontar lo que la vida tiene para todos: dolor, conflictos con otros, pérdidas y más. Sin decir que la vida es sólo eso.

 

Si no es tu talla o la forma de tu rostro, ¿qué hay que trabajar? ¿Qué temores acompañan este odio a tu cuerpo? ¿Qué tristeza vienes acumulando desde niña? ¿Con qué personas te mereces tener una conversación honesta? ¿A quiénes tienes que ponerle límites? Yo creo fielmente que, trabajar todo esto puede ayudarte a tal vez tener menos ansiedad al comer, empezar a ver tu cuerpo diferente, disminuir las obsesiones con bajar de peso, sentirte amada por tu pareja, disfrutar plenamente de un helado, dejar de reducir todo a nuestro cuerpo. El camino es de toda una vida. Hay constantes retos. Pero por algo se empieza si nos damos cuenta de que por el lado del cuerpo y la belleza no está funcionando.

 

 

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